En los años 50, el terreno donde hoy se alza el barrio Olaya Herrera era una extensión humilde junto al río Medellín. Joaquín Correa, un hombre visionario, vio en estas tierras el potencial para convertirse en un hogar para muchas familias. Desvió el curso del río, sembró árboles y habilitó el espacio para que personas trabajadoras como Reinel Grajales, Gustavo Gallego y Jesús María Montoya pudieran levantar sus primeras viviendas.
Por aquel entonces, no había servicios básicos. Las noches eran iluminadas con lámparas de caperuza, el agua se sacaba directamente del río y las calles no eran más que caminos de tierra. A pesar de las dificultades, los habitantes veían en este lugar un futuro prometedor, y su espíritu colectivo marcó el inicio de lo que sería el barrio Olaya Herrera.
El verdadero corazón del progreso del barrio fueron los convites. Estas reuniones comunitarias eran mucho más que simples jornadas de trabajo: eran celebraciones de unidad y esfuerzo colectivo. En las mañanas, los vecinos llegaban con sus herramientas, listos para construir juntos. Las mujeres preparaban grandes ollas de sancocho o fríjoles, que se cocinaban a fuego lento mientras los hombres mezclaban cemento, cavaban zanjas o colocaban ladrillos. Los niños corrían alrededor, jugando y viendo cómo sus padres transformaban las calles de tierra en caminos pavimentados.
En un convite, todos aportaban algo. Algunos traían materiales como arena o piedra, otros donaban dinero, y los más fuertes ofrecían su trabajo físico. No importaba cuánto tuviera cada familia, porque el objetivo era común: pavimentar las calles, construir la cancha Tres Aguas o levantar el salón comunal. Cada golpe de martillo, cada carretilla llena de mezcla, era un paso más hacia un barrio mejor.
Con el tiempo, gracias a estos esfuerzos, llegaron los servicios de agua potable, inicialmente proporcionados por Acuantioquia, y más tarde, la electricidad de EPM. Pero los convites no solo transformaron físicamente el barrio; también unieron a sus habitantes. Cada calle pavimentada y cada zanja cubierta con cemento contaba la historia de una comunidad que, con sudor y determinación, estaba construyendo su hogar.
A medida que el barrio crecía, también crecía su identidad. Fue en este contexto que adoptaron el nombre Olaya Herrera, en honor al expresidente Enrique Olaya Herrera, como símbolo de liderazgo y progreso. La cancha Tres Aguas, construida durante uno de los convites más memorables, se convirtió en el corazón del barrio. Allí se celebraban partidos, festividades y reuniones que fortalecían los lazos entre los vecinos.
Hoy, cuando uno recorre las calles pavimentadas del barrio Olaya Herrera, es imposible no sentir el eco de esas jornadas de trabajo comunitario. Cada esquina, cada espacio, lleva el sello del esfuerzo colectivo de quienes un día soñaron con un futuro mejor y lo construyeron con sus propias manos.